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Iglesia Católica

Los católicos creen que la iglesia fue fundada por Jesucristo como parte del plan del Padre para la salvación del mundo. La proclamación e inauguración del reino de Dios por parte de Cristo condujeron a la reunión de los discípulos. Su muerte y resurrección y el envío del Espíritu Santo instauraron definitivamente la iglesia, con la que prometió permanecer hasta el fin del mundo (Mateo 28:20). Jesús le encomendó a esta comunidad la misión de predicar el Evangelio y de "i[r] y hace[r] discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mateo 28:19).

Debido a que la iglesia es, en manos de Dios, un medio para lograr la comunión de todos los que, con la ayuda de la gracia de Dios, aceptarían la proclamación de las buenas nuevas, el Concilio Vaticano II (1962-1965) nos enseñó que la iglesia "es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium, párrafo 1). Esta constitución prosigue afirmando que toda la comunidad tiene que desempeñar un papel activo en la proclamación y transmisión de la Palabra de Dios, en la celebración del culto y los sacramentos, y en el servicio a la misión que Jesús le ha confiado. Como tal, la iglesia es un pueblo profético, sacerdotal y real (véase Lumen Gentium 9-13). Su fuente y cima se encuentran en la celebración del banquete del reino, la eucaristía (véase Lumen Gentium 10), que Jesús encomendó a sus discípulos en la última cena la noche antes de su muerte. En la eucaristía, el sacrificio único de Cristo se hace presente por el poder del Espíritu Santo, y la comunidad se transforma en cuerpo de Cristo y se le permite continuar su misión salvífica.

Por ello, aunque los católicos ven a la iglesia profundamente arraigada en la voluntad y acción salvífica de Dios, guiada por el Espíritu Santo y al mando de Jesucristo, su cabeza, también reconocen que la comunidad de los fieles está marcada por sombras y fracasos, como muestran los múltiples intentos de reforma que han surgido de manera regular a lo largo de la historia de la iglesia. Las reformas han sido iniciadas por líderes religiosos en diferentes niveles del orden eclesial, incluso en las más altas esferas, como los concilios ecuménicos; también han sido inspiradas por individuos o grupos carismáticos a quienes el Espíritu Santo levantaba dentro de la iglesia para promover una conversión más profunda en toda la comunidad.

La palabra "católica" es una de las cuatro cualidades atribuidas a la iglesia en el Credo Niceno-Constantinopolitano. Sugiere una cierta "inclusividad", el mantener unidas a las comunidades, características o ideas que no necesitan ni deben ser separadas porque tienen sus orígenes en la misma y única fe apostólica. La catolicidad implica que la diversidad no solamente debe ser tolerada sino ser bienvenida como un don de la abundante bondad de Dios. Una expresión de ello dentro de la Iglesia Católica son las diferentes formas de vida y diversas vocaciones en que los laicos bautizados, los pastores ordenados y las personas que han profesado los votos de pobreza, castidad y obediencia son llamados al discipulado, cada uno a su manera (véanse Lumen Gentium 18-38 y 43-47). El llamamiento a la santidad es universal y común a todos; al mismo tiempo, puede tomar innumerables formas dentro de las condiciones específicas de cada vida personal (véase Lumen Gentium 39-42).

Este ímpetu por abarcarlo todo también caracteriza la interacción de la iglesia con las culturas; los idiomas, el arte y la música de diversos pueblos son considerados el terreno donde sembrar la semilla del Evangelio. La visión católica de la comunión eclesial mantiene que, en última instancia, ningún factor cultural, lingüístico, histórico, racial u otro similar es tan importante como para romper los lazos de comunión que mantienen unido al cuerpo de Cristo.

¿Cuáles son estos lazos? Se pueden resumir brevemente bajo las categorías de fe, vida sacramental y servicio pastoral. La fe es un elemento que define a la comunidad cristiana, y la Iglesia Católica mantiene que se debe prestar la mayor atención no solo a proclamar la Palabra de Dios que da lugar a la fe (véase Rom 10:14-17) sino a estar atento a que la verdad revelada sea fielmente transmitida y los creyentes sean informados de los avances doctrinales o morales que no están en armonía con ella. Los católicos creen que el magisterio o ministerio docente de la iglesia, ejercido por los obispos en unión con el obispo de Roma, recibe asistencia del Espíritu Santo para que no deje de proclamar la verdad transmitida por los apóstoles y guiar al pueblo de Dios con la autoridad de Cristo. El magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, pero trata de prestarle atención, protegerla, comprenderla en mayor profundidad y aplicarla a las cuestiones existenciales que afronta el ser humano contemporáneo. A lo largo de los siglos, la Iglesia Católica ha visto como surgían diversas "escuelas de teología"; destacados pensadores han dejado un legado digno de admiración que ofrece un terreno fértil para la actual reflexión teológica constante sobre las fuentes de la verdad revelada que se encuentran en las Escrituras y la Tradición.

Los católicos creen que todo el pueblo profético de Dios es honrado con la unción del Espíritu que da a los creyentes un sentido sobrenatural de la fe (sensus fidei), preparándolos para comprender la Palabra de Dios y aplicarla en su vida.

La Iglesia Católica ha desarrollado una rica tradición litúrgica y sacramental. Siete sacramentos -bautismo, confirmación, eucaristía, reconciliación, unción de los enfermos, ordenación y matrimonio- proporcionan momentos en que quienes están debidamente dispuestos pueden experimentar de modo indefectible una intensa gracia. Los católicos creen que, aunque la forma y la práctica de los sacramentos han evolucionado, en último término estos encuentran su origen en el ministerio y orden del propio Jesús y deben su eficacia al misterio pascual de su muerte y resurrección. La celebración de los sacramentos está íntimamente relacionada con la vida espiritual en general del pueblo sacerdotal de Dios (véase 1 Pedro 2:9), llamado a desarrollarse en santidad a la imagen de Jesús aumentando su amor a Dios y al prójimo. De acuerdo con la fe y práctica del período patrístico, los católicos creen que la apostolicidad fundamental del ministerio se transmite a través de la ordenación por parte de obispos cuyas propias ordenaciones forman parte de la línea de sucesión apostólica que se remonta en última instancia a las primeras comunidades cristianas. El ministerio ordenado debe ser ejercido como un servicio, un medio sacramental mediante el cual Cristo, el profeta, sacerdote y pastor, continúa guiando a su pueblo. Para los católicos, la elección de los doce hecha por el propio Jesús y el papel especial desempeñado por Pedro dentro de ese grupo proporcionan el punto de partida para la creación de los ministerios episcopal y papal, considerados esenciales y necesarios para la iglesia. Desde estos orígenes, y por medio de un proceso guiado por el Espíritu Santo, el ministerio de los obispos como sucesores de los apóstoles pronto tomó la forma que básicamente conserva hasta el día de hoy, con obispos que dirigen las diferentes iglesias locales en el mundo entero y se apoyan unos a otros de una forma que no solo ha servido para el bienestar de las comunidades asignadas a cada uno de ellos sino también para el de la unidad "católica" de la iglesia en su conjunto.

Dentro de esta interacción colegial y conciliar entre las iglesias locales y sus obispos, el obispo de Roma, la ciudad donde Pedro ofreció el testimonio final de su fe como mártir, tiene la tarea especial de servir a la unidad, de manera análoga al papel desempeñado por el apóstol Pedro en el Nuevo Testamento. Los contornos del "ministerio petrino" del obispo de Roma, a quien los católicos consideran sucesor de Pedro, se desarrollarían con el tiempo, pero su propósito específico de servicio a la unidad de la comunidad entera es necesario y querido por Dios no solo para la primera generación de la vida de la iglesia, sino para toda su historia. Este servicio a la unidad universal puede tomar y ha tomado distintas formas. A la luz de la mejora de las relaciones entre las comunidades cristianas divididas y la búsqueda común de la unidad, el papa Juan Pablo II pidió a los cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia Católica que buscasen, por supuesto juntos, las formas con las que este ministerio pueda realizar un servicio de amor reconocido por unos y otros (véase la Encíclica Ut Unum Sint, 95).

Tras décadas de cautela respecto al movimiento ecuménico moderno, la Iglesia Católica, en particular a través del Concilio Vaticano II, reconoció que es el Espíritu Santo quien ha inspirado los esfuerzos contemporáneos por alcanzar una mayor unidad cristiana. El concilio expuso la base eclesiológica para la participación católica en el movimiento ecuménico al afirmar que muchos elementos de santificación y de verdad que se encuentran en mayor o menor medida en diversas comunidades cristianas separadas entre sí constituyen un cierto grado de comunión real, si bien imperfecta.

La Iglesia Católica considera al movimiento ecuménico un esfuerzo multidimensional -a través de la oración común, el testimonio, el diálogo teológico, la promoción del reino de Dios y cualquier otra actividad apropiada- para viajar desde esa comunión parcial que ahora existe hacia la plena comunión que puede algún día ser celebrada en una eucaristía común. El concilio afirmaba que la Iglesia de Jesucristo, una, santa, católica y apostólica, profesada en el credo, "permanece en" la Iglesia Católica (Lumen Gentium 8). Con esta frase, el concilio quería expresar con toda franqueza la convicción católica de que la plenitud de los medios de salvación de los que Cristo quiso dotar a su iglesia únicamente puede encontrarse en la Iglesia Católica. Al mismo tiempo, al no equiparar simplemente la Iglesia de Cristo con la Iglesia Católica, el concilio intentaba reconocer la naturaleza y calidad eclesial de otras comunidades cristianas, que el Espíritu Santo emplea como medios de salvación. Los católicos creen que las actuales divisiones entre cristianos no corresponden a la voluntad de Jesucristo y dificultan la realización más fructífera de la misión que éste ha encomendado a la iglesia: hacer discípulos de todas las naciones. Por ello, se debe tratar de lograr una mayor unidad, pues no hacerlo sería contradecir la voluntad de Jesucristo, cabeza de la iglesia.

Según el Annuarium Statisticum Ecclesiae de 2005 del Vaticano, la Iglesia Católica cuenta con 1.085.557.000 personas, que representan el 17,20% de la población mundial. De ellas, un 13,20% vive en África, el 49,80% en América del Norte y del Sur, el 10,50% en Asia, el 25,70% en Europa y el 0,80% en Oceanía.

La Iglesia Católica nunca ha sido miembro del Consejo Mundial de Iglesias, aunque participa activamente en el movimiento ecuménico de diversas formas. Aprenda más

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Última actualización: 1.1.2006