Autocomprensión y visión

En la asamblea de su fundación celebrada en 1948, las iglesias miembros del CMI comprendieron que el nuevo Consejo no era una iglesia por encima de ellas, tampoco una iglesia universal ni una "iglesia mundial" incipiente. Comprendieron que era un instrumento por medio del cual las iglesias dan testimonio unidas en su lealtad a Jesucristo, buscan la unidad que Cristo quiere para su una y única iglesia y cooperan en asuntos que exigen declaraciones y acciones comunes.

Miembros

Lo que no se veía claramente en 1948 era si la adhesión de una iglesia como miembro del CMI tendría consecuencias para su propia "autocomprensión" o posición eclesiológica.

Para aclarar posiciones, el comité central del CMI adoptó en 1950 la declaración de Toronto sobre "La iglesia, las iglesias y el Consejo Mundial de Iglesias".

Con arreglo a esta declaración, el CMI "no es ni nunca deberá convertirse en una superiglesia". No negocia la unión entre iglesias. "No puede y no debe basarse en ninguna concepción particular de la iglesia". Sin embargo, el testimonio común de los miembros "debe basarse en el reconocimiento común de que Cristo es la cabeza divina del cuerpo", el cual, "basándose en el Nuevo Testamento", es la iglesia de Cristo una.

En la práctica, la pertenencia común como miembros del CMI implica que las iglesias "deberán reconocer su solidaridad recíproca, prestarse ayuda unas a otras en caso de necesidad y abstenerse de acciones que sean incompatibles con las relaciones de hermandad".

Finalidad

A lo largo de los años desde que se aprobó la declaración de Toronto, las cuestiones en ella planteadas siguen en el programa del CMI.

La declaración que figura en la constitución acerca de la finalidad del CMI se ha desarrollado desde la formulación de 1948 de "continuar la labor que realizaban los movimientos mundiales de Fe y Constitución y Vida y Acción", adoptando más adelante el lenguaje mucho más concreto de Nairobi (1975), que habla de exhortar "a las iglesias a alcanzar la unidad visible en una sola fe y una sola comunión eucarística expresadas en el culto y en la vida común en Cristo, y a avanzar hacia la unidad para que el mundo crea", hasta llegar a la formulación aún más detallada adoptada por la asamblea de Harare (1998):

"El objetivo principal de la comunidad de iglesias que forma el Consejo Mundial de Iglesias es ofrecer un espacio donde las iglesias puedan exhortarse unas a otras a alcanzar la unidad visible en una sola fe y una sola comunión eucarística, expresada en el culto y la vida común en Cristo, mediante el testimonio y el servicio al mundo, y a avanzar hacia la unidad para que el mundo crea".

Entendimiento y visión comunes (EVC)

El amplio proceso de estudio y consulta "Hacia un entendimiento y una visión comunes" (EVC), que se emprendió en 1989 y culminó en el documento de política del mismo título aprobado por el Comité Central en 1997, califica la declaración de Toronto como "básica para cualquier tentativa de definición de una concepción común del CMI" (párr. 1.12).

Continúa señalando cómo la reflexión y los debates de los años siguientes han profundizado esta comprensión. Al mismo tiempo, observa que "para muchas personas la comprensión del CMI como una comunidad viva de iglesias ha surgido con mayor vitalidad por medio de iniciativas específicas encaminadas a comprometer a las iglesias en la reflexión y acción a nivel local" (párr. 1.15).

Además, el largo capítulo de la declaración sobre EVC "Cómo se entiende el Consejo Mundial de Iglesias a sí mismo" recoge la idea de que el Consejo Mundial es un "desafío eclesiológico" para sus iglesias miembros, señalando que, si bien diferentes iglesias pueden entender de formas diferentes el uso de la palabra "comunidad" en la base del Consejo, dicho término sugiere, al menos, "que el Consejo es más que una simple asociación orgánica de iglesias constituida para organizar actividades en ámbitos de interés común" (párr. 3.2). El texto expone también algunas concepciones compartidas de lo que significa para una iglesia el ser miembro del CMI (párr. 3.7).

El Comité Central recomendó a las iglesias miembros del CMI el texto del EVC "para alentarlas y ayudarlas a evaluar sus propios compromisos y prácticas ecuménicas"; y la octava asamblea lo reconoció como "el marco y punto de referencia" para la labor del CMI en los años venideros.

Estas acciones ponen de relieve que las cuestiones relativas a la identidad del CMI, que se plantearon en Toronto, siguen vivas en las iglesias, en la medida en que deben continuar siendo objeto de debate; es más, como dice el texto del EVC: "parte de la esencia de la comunidad que las iglesias forman en el movimiento ecuménico es continuar debatiéndose con esas diferencias en un espíritu de comprensión mutua, de compromiso y de responsabilidad".

El CMI y el ecumenismo

Estimulada por el estudio y el documento sobre EVC, la reflexión sobre el ecumenismo ha avanzado por diversos caminos durante el pasado decenio. Por ejemplo, una Comisión Especial examinó la participación de los ortodoxos en el CMI; el cambio de un proceso de tipo parlamentario a una adopción de decisiones por consenso fue uno de los resultados directos de este esfuerzo de cuatro años que terminó en 2002.

Siguiendo otro camino de reflexión, las consultas sobre "Ecumenismo en el siglo XXI" se centraron en la "reconfiguración" del movimiento ecuménico. En una reunión sobre este tema celebrada en 2004, se propusieron formas de reforzar y sistematizar las relaciones entre interlocutores ecuménicos.

El mismo documento sobre EVC continúa proporcionando recursos para el desarrollo en curso del ecumenismo. Por ejemplo, el CMI pretende ser una "comunidad de iglesias", pero esto se pone a veces en tela de juicio desde una perspectiva espiritual. La "oración en común" ha llegado a ser un desafío eclesiológico y espiritual, y el EVC tiene mucho que decir acerca de este tema.